Hoja Parroquial , Domingo XXXIII

REZAR Y TRABAJAR

Debemos rezar constantemente por la paz, pero también debemos trabajar con todas nuestras fuerzas por el desarme y la suspensión de las pruebas de armas. Debemos utilizar nuestra inteligencia rigurosamente para planear la paz como la hemos utilizado para planear la guerra. Debemos rogar apasionadamente por la justicia racial, pero también debemos utilizar nuestras inteligencias para desarrollar un programa, organizamos en acción de masas pacíficas y valemos de todos los recursos corporales y espirituales para poner fin a la injusticia racial.

Debemos rezar infatigablemente por la justicia económica, pero también debemos trabajar con diligencia para llevar a término aquellos planes sociales que produzcan una mejor distribución de la riqueza en nuestra nación y en los países subdesarrollados del mundo.

¿No nos revela todo esto la equivocación de creer que Dios eliminará el mal de la tierra aunque el hombre no haga otra cosa que sentarse complacido al borde del camino? Ningún rayo del cielo eliminará jamás el mal. Ningún poderoso ejército de ángeles descenderá para obligar a los hombres a hacer lo que no quieren hacer. La Biblia no nos presenta a Dios como un zar omnipotente que toma decisiones por sus subditos, ni como un tirano cósmico que con parecidos métodos a los de la Gestapo invada la vida interior del hombre, sino como un Padre amoroso que concede a sus hijos todas las abundantes bendiciones que quieran recibir con buena disposición. El hombre tiene que hacer algo siempre. "Ponte en pie, que voy a hablarte". El hombre no es un inválido total abandonado en un valle de depravación hasta que Dios le saque. El hombre más bien es un ser humano válido, cuya visión está averiada por los caracteres del pecado, y cuya alma está debilitada por el virus del orgullo, pero le queda suficiente visión para levantar los ojos hacia las montañas y le queda aún el recuerdo de Dios para que oriente su débil y pecadora vida hacia el Gran Médico que cura los estragos del pecado.

Martín Luther King.

Enseñanza de Jesús

ORACIÓN DEL PAYASO

Señor:

Soy un trasto, pero te quiero; te quiero terriblemente, locamente, que es la única manera que tengo yo de amar, porque isólo soy un payaso!

Ya hace años que salí de tus manos lleno de talentos y dones, equipado con todo lo necesario para vivir y ser feliz

-tu amor, tu caja de caudales, tus proyectos, tus sorpresas y regalos de Padre-. Pronto, quizá, llegue el día en que vuelva a ti...

Mi alforja está vacía, mis pies sucios y heridos, mis entrañas yermas, mis ojos tristes, mis flores mustias y descoloridas. Sólo mi corazón está intacto...

Me espanta mi pobreza pero me consuela tu ternura. Estoy ante ti como un cantarillo roto; pero, con mi mismo barro, puedes hacer otro a tu gustos.

Señor:

¿Qué te diré cuando me pidas cuentas? Te diré que mi vida, humanamente, ha sido un fallo; que he perdido todo lo tuyo y lo mío, y me he quedado sin blanca; que no he tenido grandes proyectos, que he vivido a ras de tierra, que he volado muy bajo, que estoy por dentro como mi traje, cosido a trozos, arlequinado.

Señor:

Acepta la ofrenda de este atardecer... Mi vida, como una flauta, está llena de agujeros..., pero tómala en tus manos divinas. Que tu música pase a través de mí y llegue hasta mis hermanos los hombres; que sea para ellos ritmo y melodía que acompañe su caminar, alegría sencilla de sus pasos cansados...

Aquí estoy, Señor. Florentino Ulibarri

La Iglesia con todos y al servicio de todos

Del Señor es la tierra y las cosas, ¿qué podemos temer?

El Señor protege a sus criaturas, ¿quién nos hará temblar?

Mi corazón confía en el Señor, que no en los poderosos.

Aunque nos amenazan con desastres nucleares y nos atemorizan con el terrorismo de los otros, nosotros confiamos en el Señor y así nos sentimos seguros.

Pero nosotros no queremos la seguridad de las armas, ni estamos de acuerdo con la protección de los que matan, ni deseamos una paz que nace manchada por la guerra.

Sólo queremos una cosa, Señor, vivir en este mundo que es tu casa y compartir las cosas en familia con todos tus hijos. Esa es la paz que queremos, tu paz, la paz del amor y de la justicia.

Si tú estás con nosotros, Señor, nada temeremos y trabajaremos felices y viviremos contentos y estaremos seguros como un niño en los brazos de su madre.

 
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